La filosofía latinoamericana: ¿Cómo pensar y hacer la nación?

Desde los orígenes de la filosofía, muchos pensadores intentaron darle forma a la sociedad, buscando idealmente cuál sería la morfología más cercana a sus ideales.

Platón imaginó su “República” con sus “Leyes”, San Agustín delineó “La ciudad de Dios”, Campanella pensó “La ciudad del sol”, Bacon imaginó “La Nueva Atlántida” y los llamados utopistas, diversas formas sociales en las cuales los valores esenciales eran la libertad humana y la igualdad.

Pero la mayoría de ellos no se plantearon -dado que no gobernaban- darle  un   topos o un lugar a sus utopías. Ubicaban sus fantásticos “no lugares” en un “lugar inexistente”, en un espacio ideal. Por esa razón, no tendrían sus utopías un valor político.

En América Latina, por el contrario, los pensadores y filósofos originales debían y querían constituir ese sueño en su tierra, conscientes de que era una sociedad en formación. Y muchos de ellos fueron pensadores-gobernantes o filósofos reyes -como quería Platón- para poder gobernar y hacer su República ideal. Esto les otorgó sentido y valor político histórico a sus “utopías”.

Sabían que debían darle forma a sus deseos: construir una Patria, una Nación en la cual primara el bien social, la libertad y la equidad. Debían establecer sus propias normas y su axiología particular. Y para pasar de la teoría a la acción, reconocían la necesidad de la política como herramienta transformadora, como mediación para poder llevar las ideas a la práctica.

En los primeros cincuenta años del siglo XX, existía un mundo bipolar con dos modelos opuestos en la resolución de la ecuación entre libertad y justicia. Para Perón, era necesario buscar una sociedad que pudiera lograr la armonía. Coincidía con Aristóteles en que cuando se le quita al hombre su rango supremo, y se desconoce sus altos fines “siempre el sacrificio es en beneficio de entidades superiores petrificadas”[1]. Es en esta instancia en la que se define la Tercera Posición.

En su ponencia “La comunidad organizada”, Perón  recupera también el pensamiento de Aristóteles cuando dice: “El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza por consiguiente en la vida individual humana, sino en el organismo superindividual del Estado; la Ética culmina en la Política”[2]. Perón concluye que lo que le faltaba al mundo griego, en pleno nacimiento del Estado era la trascendencia de los valores individuales. Para él, dicho reconocimiento, el de la libertad como posibilidad universal, fue lo que aportó el cristianismo a la concepción griega.

Sostiene entonces que, para predicar y realizar un evangelio de justicia y progreso, es necesario fundar su verificación en la superación individual como premisa de la superación colectiva.

El problema del pensamiento democrático del futuro está, para él en “resolvernos a dar cabida en su paisaje a la comunidad, sin distraer la atención de los valores supremos del individuo; acentuando sobre sus esencias espirituales, pero con las esperanzas puestas en el bien común”[3].

Por el contrario, la deificación del Estado propuesta  por el pensamiento hegeliano y por sus sucesores e intérpretes, trae como consecuencia la necesaria “insectificación” del individuo. No se puede abdicar de las individualidades en poderes externos para la realización social. Por eso, para Perón, tanto el idealismo como el materialismo concluyen con la anulación del hombre, y su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada.

La comunidad organizada políticamente mediante leyes, proveerá la norma ética. Sin embargo, para el reino interior, para la personalidad, sólo existe una norma: la educación, que es la que afirma en nosotros una actitud conforme a moral.

Para el “gobernante-pensador”, la teoría de Platón sobre la integración recíproca entre el hombre y la colectividad a la que pertenece es fundamental, así como la virtud suprema es la justicia, el Bien es orden, armonía y proporción.

Gramsci critica a Croce por su concepto de que la política era “la expresión de la pasión” cuando para Gramsci, “no puede haber pasión sin antagonismo, y antagonismo entre grupos de hombres, porque en la lucha entre el hombre y la naturaleza, la pasión se llama “ciencia” y no “política”.

Sin embargo, para  Croce  el término “pasión” es un seudónimo de lucha social. A su vez, cuando habla del error de los intelectuales, afirma que dicho error es creer que se puede saber sin comprender y, especialmente, sin sentir ni ser apasionado (no sólo del saber en sí, sino del objeto del saber). Esto significa que el intelectual podrá  ser un puro pedante si se encuentra separado del pueblo-nación, o sea, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, o comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo.  Concluye que “No se hace política-historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo-nación. En ausencia de tal nexo, las relaciones entre el intelectual y el pueblo-nación son o se reducen a relaciones de orden puramente burocrático, formal; los intelectuales se convierten en una casta o sacerdocio…”[4]

En la Argentina, ya en 1842, Juan Bautista Alberdi se preguntaba: “¿Qué se hace en todas partes cuando se filosofa? Se observa, se concibe, se razona, se induce, se concluye. En este sentido, pues, no hay más que una filosofía. La filosofía se localiza por el carácter instantáneo y local de los problemas que importan especialmente a una nación, a los cuales presta la forma de sus soluciones. Así la filosofía de una nación proporciona la serie de soluciones que se han dado a los problemas que interesan a sus destinos generales. Nuestra filosofía será, pues, una serie de soluciones dadas a los problemas que interesan a los destinos nacionales: o bien, la razón general de nuestros progresos y mejoras, la razón de nuestra civilización; o bien la explicación de las leyes, por las cuales debe ejecutarse el desenvolvimiento de nuestra nación; las leyes por las cuales debemos llegar a nuestro fin, es decir, a nuestra civilización, porque la civilización no es sino el desarrollo de nuestra naturaleza, es decir, el cumplimiento de nuestro fin…Así pues, libertad, igualdad, asociación, he aquí los grandes fundamentos de nuestra filosofía moral”[5].

Otros pensadores latinoamericanos y pensadores- gobernantes, que concebían como forjar una Nación independiente, con su propio modelo societal, con su propia propuesta para resolver la ecuación entre libertad e igualdad, han sido calificados peyorativamente de “populistas” o “fascistas”, por parte de algunos seguidores del propio Gramsci, o por el pensamiento liberal, por haberse acercado pasionalmente al pueblo-nación y realizado una propuesta surgida de la propia realidad. De esa forma, se utilizaron para la crítica, categorías sociológicas y políticas surgidas en otras latitudes y con otros problemas en su propia realidad, contradiciendo tanto al materialismo histórico como al realismo historicista.

Seguimos compartiendo el pensamiento que expresaba el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre para lo que él llama “Indoamérica” y, considerando que el Viejo Mundo es punto de partida ineludible dice: “Dando al significado de Patria un nuevo valor inseparable del sentido continental, importa subrayar dos conceptos que en política son fundamentales y cuya aplicación práctica deciden la solidez y perdurabilidad de un Estado: la justicia social y la libertad individual.

Europa ha dado muchas fórmulas de realización y afirmación para estos enunciados que son anhelos motores de la historia. Pero quizá los más trascendente del “nuevo lenguaje político” de  Indoamérica será demostrar que fuera y contra de los cánones europeos pueden nuestros pueblos hallar sus propios postulados de justicia y libertad”[6].

Precisamente, lo que hace original la propuesta de Perón en la Comunidad Organizada fue la creación de ese “nuevo lenguaje político” y esa propuesta de ecuación entre la justicia social y la libertad individual que implementó durante sus gobiernos. Dicha propuesta, que implicaba la llamada Tercera Posición también fue germinal en un momento en que las naciones estaban alineadas y enfrentadas en un mundo bipolar.

[1] Op.cit.
[2] Op.cit.
[3] Op.cit.
[4] Ibídem
[5] Op.cit.
[6] Haya de la Torre, Víctor Raúl: El lenguaje político de Indoamérica en Zea, Leopoldo: Fuentes de la Cultura Latinoamericana, Tierra Firme, FCE, México, 1995.
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